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Su autor fue José
Victor Montañez Lama, que la escribió en 1901, publicada
por la Real Academia de Córdoba, BRAC nº 75 julio-diciembre
1956 pp. 233-283.
Sin ningún género de dudas, cuando José Victor
Montañez Lama escribió en 1901 el Bosquejo Histórico
de la parroquia de Nuestra Señora de Consolación de
Doña Mencía, fue el primero que viviendo aun don Juan
Valera Alcalá Galiano, puso de manifiesto la vinculación
de toda su familia con Doña Mencía a lo largo de los
siglos, especialmente cuando se refería a la capilla de los
Valera o la Obra Pía de don Pedro Valera Roldan.
Montañez Lama lo hizo desde su posición privilegiada
de prestar sus servicios en la parroquia, que conocía perfectamente,
y cuya descripción nos ha permitido saber de su grandiosidad
y sus vicisitudes históricas. Y lo que es más importante,
con una humildad fuera de lo común, y donde refleja su deseo
de que alguien afronte un libro que narre la historia de Doña
Mencía:
“No pueden estos breves apuntes considerarse como una reseña
histórica, pero si contienen bastantes datos por si alguno,
con mejor pluma, mayores recursos y más protección para
registrar los archivos oficiales del pueblo, especialmente los documentos
antiguos que se conservan en el fondo de una gran alacena de la Sala
Capitular del Ayuntamiento, quisiera escribir la Historia de Doña
Mencía, cosa de todo punto necesaria, si no han de ir al panteón
del olvido, los antecedentes históricos de dicho pueblo, puesto
que de la única que se tienen noticias, publicada por Fray
Pedro de Arrebola, no se encuentra ningún ejemplar. Y sirva
este introito como disculpa a mi atrevimiento a escribir, no una historia
razonada, si no una colección de datos interesantes, que algún
día pudieran ser de utilidad para hacer la historia detallada".
Bosquejo histórico sobre el origen, fundación
y vicisitudes porque ha pasado la Iglesia Parroquia de Nuestra Sra.
de Consolación de la Villa de Doña Mencía desde
sus primeros tiempos hasta concluir el siglo diez y nueve, por don
José Montañez Lama, acólito que fue de la misma,
Maestro de primera enseñanza, por oposición, de la escuela
de niños de dicho pueblo y hoy de la 2ª de la ciudad de
La Rambla.
Año de 1901
A QUIEN LEYERE
Cien años hace que Fray José Cantero, Religioso lego
del Orden de Santo Domingo, escribió y dio a luz un “Compendio
histórico del Convento de Nuestra Señora de Consolación
del Orden de Predicadores de la Villa de Doña Mencía”
de cuya obra van quedando raros ejemplares. Deseoso yo de que con
el transcurso del tiempo no se pierda la memoria de la fundación
de la que fue tan suntuosa y riquísima Iglesia que el Iltmo.
Sr. Trevilla, Obispo de Córdoba, la llamaba “mi segunda
catedral”, he pensado escribir este Bosquejo histórico,
el cual ignoro si tendré tiempo y medios de dar a la luz pública.
No es mi ánimo hacer una descripción brillante, pues
para ello se necesitan condiciones retóricas, que no poseo.
Sólo quiero dejar consignados, para conocimiento de los que
vinieren después de nosotros, los antecedentes y vicisitudes
principales por que ha pasado la Iglesia parroquial donde tuve la
dicha de recibir las regeneradoras aguas del Bautismo.
Y como colaboración de la certeza de los datos que escribo,
manifestaré, previamente las fuentes de donde proceden.
Diré, en primer lugar, que la parte histórica de este
relato, hasta la reedificación del templo en el siglo XVIII,
ha sido extractada de la citada obra, tomando los antecedentes más
precisos y dejando a un lado la serie de pleitos que el Convento tuvo
que sostener en defensa de sus derechos y preeminencias, y solo hago
mención de las más substanciales. El archivo de la casa
de Sesa, también me ha suministrado algunos antecedentes. Las
noticias de los hechos ocurridos durante la primera mitad del siglo
XIX, las he recogido de personas que alcanzaron aquellos tiempos,
entre las que citaré, al ilustrado D. Cristóbal Vergara
López, Diputado provincial que fue y uno de los partícipes
en la distribución, por subasta, de edificio del Convento,
el cual señor nació hacia 1780 y murió en 1868;
teniendo yo el honor de ser su amanuense en los últimos años
de su lagar via; Dª María de S. Lucas Priego, que nació
en 1804, en cuya casa, siendo niña, se cosió la magnífica
colgadura del templo, que aunque incompleta, hoy existe; su cuñado
D. Genaro Cantero Almoguera; el Presbítero D. Francisco Jiménez
Priego, nacido en 1813; D. Calixto Vargas y López, alcalde
que fue en varias épocas: D. Tomás Vergara y Cubero,
Notario público en la actualidad; Juan León Bujalance,
Novicio que era del convento al ocurrir la exclaustración,
y Fernando López Cubero (a) el Fuerte, que en la misma época
era, y había sido durante varios años, Mayordomo y encargado
de la dirección de las labores agrícolas, en las fincas
del convento. Mi natural curiosidad y extremad afición a la
lectura, hizo que leyera y tomara notas de cuantos papeles y documentos
se referían al asunto, cosa que pude hacer con libertad por
haber sido sirviente de la dicha Iglesia, y más tarde Oficial
de la Secretaria del Ayuntamiento de mi pueblo nata. Y por fin, desde
que llegué al uso de razón, tuve la manía, si
así quiere llamársele, de tomar notas escritas de cuantos
hechos, dignos de alguna mención, ocurrieran a mi alrededor;
y estas notas que arranca desde 1858, unidas a los datos que, por
diversos conductos, me he procurado, me han servido para reseñar
los principales sucesos desde el último año citado hasta
el final del siglo que acaba de pasar.
No pueden estos breves apuntes considerarse como una reseña
histórica, pero si contienen bastantes datos por si alguno,
con mejor pluma, mayores recursos y más protección para
registrar los archivos oficiales del pueblo, especialmente los documentos
antiguos que se conservan en el fondo de una gran alacena de la Sala
Capitular del Ayuntamiento, quisiera escribir la Historia de Doña
Mencía, cosa de todo punto necesaria, si no han de ir al panteón
del olvido, los antecedentes históricos de dicho pueblo, puesto
que de la única que se tienen noticias, publicada por Fray
Pedro de Arrebola, no se encuentra ningún ejemplar.
Y sirva este introito como disculpa a mi atrevimiento a escribir,
no una historia razonada, si no una colección de datos interesantes,
que algún día pudieran ser de utilidad para hacer la
historia detallada.
Forsi altro cantará con miglior plectro.
Enero 1901
El autor.
I ANTECEDENTES HISTÓRICOS DE LOS ASCENDIENTES DEL FUNDADOR
DE DOÑA MENCIA
Cuando el Santo Rey Fernando III reunió definitivamente, sobre
sus sienes las coronas de Castilla y León, concibió
el proyecto, digno no solo de la fe cristiana que ardía en
su pecho sino también conforme con los deseos de sus vasallos,
de acabar con la dominación musulmana en la Península.
Y en efecto, con los auxilios del famoso Jaime el Conquistador, Rey
de Aragón, parecido en casi todo al de Castilla, se propuso
ir arrinconando a los moros hasta las costas de Andalucía.
Para ello reunió un poderoso ejercito, que puso bajos las ordenes
del bizarro Capitán D. Alvaro Pérez de Castro –
a quienes los moros llamaban Alestao, que quiere decir romo - el cual,
a su elevada alcurnia y acreditado valor reunía grandes conocimientos
militares y poseía además, la ilimitada confianza del
Rey.
Al frente de sus bizarras tropas se dirigió D. Alvaro sobre
Andalucía, y después de reñidas batallas en la
que los moros llevaron la peor parte, se apoderó de varias
poblaciones de mucha importancia, y quedó como Adelantado de
la frontera por la parte de Jaén.
Hallábase a la sazón gobernada la ciudad de Córdoba,
ya decaída de su mayor esplendor durante el Califato, por Aben-Hud
a quien los moros aborrecían por su tiranía. Las tropas
de D. Alvaro hacían frecuentes irrupciones en el territorio
de esta región, llegando a veces hasta las inmediaciones de
la capital. En una de estas correrías prendieron los cristianos
a dos moros de los que defendían la ciudad por la parte llamada
Ajerquia. Por ellos supieron el estado de ánimo en que se encontraban
los cordobeses y que tenían proyectado entregar a los cristianos
el arrabal de la ciudad. Noticiose esta feliz circunstancia a D. Alvaro,
que se hallaba en Martos con Tello Alonso de Meneses, otro de los
Adelantados; y poniéndose ambos de acuerdo reunieron tropas
escogidas, las cuales al mando de D. Alvaro, que llevaba como lugarteniente
al citado Tello, y a sus inmediatas órdenes los esclarecidos
subalternos Domingo Muñoz, Pedro Ruiz Tafur y Martín
Ruiz Argote, protegidos por la oscuridad de la lluviosa noche del
8 de enero de 1236 llegaron hasta los muros del arrabal. Favorecidos
por el silencio y el descuido que reinaba en la ciudad arriman sin
dificultad las escalas, y disfrazados con trajes árabes subieron
al muro algunos intrépidos cristianos que sabían la
lengua de los moros. Tropezaron con algunos centinelas y fingiéndose
contra-rondas los arrojaron desde las murallas, con el auxilio de
uno de los conjurados. Corren todo el muro; asesinan en silencio a
cuantos se les oponen; y se apoderan de la puerta de Martos –
hoy llamada del Sol y en tiempo de los Romanos Puerta Piscatoria –
y la franquean a la caballería castellana, al frente de la
cual iba el denodado D. Alvaro. La guarnición se alarma, acomete
impetuosamente y hace retroceder por tres veces a los cristianos,
pero, últimamente, no pudiendo resistir la firmeza y valentía
con que volvían a cargar los valerosos castellanos, tuvo que
guarnecerse dentro de la ciudad, dejando el arrabal en poder de sus
acometedores.
El valiente caudillo despachó inmediatamente emisarios al Santo
Rey, para noticiarle el éxito de su arriesgada tentativa. El
Rey no se hallaba en Benavente, iba a sentarse a la mesa; y sin detenerse
más tiempo que el necesario para tomar, de pie, un bocado,
dijo a los circundantes “Caballeros: quien sea mi amigo, y buen
vasallo, sígame”. Montó al punto al caballo, acompañado
de muchos caballeros, cuyo número fué engrosando por
el camino; y a pesar de lo lluvioso de la estación, no fué
obstáculo para que atravesando ríos y barrancos sumamente
crecidos, acudiesen los caballeros de las Ordenes Militares e infinitamente
número de gentes armadas, ansiosas de tomar parte en el asedio
a la ciudad. El Rey vino sobre Córdoba por el antiguo camino
de Madrid, que pasa por el Santuario de Nuestra Señora de Linares,
en el sitio donde hoy se alza el mismo – que se erigió
después en memoria de este hecho – hizo alto, y uniéndose
a sus tropas las de D. Alvaro, emprendieron el asedio a la ciudad.
Esta se defendió valerosamente. Consternados los moros cordobeses
dieron aviso a Aben-Hud, su Régulo, que a la sazón se
hallaba en Ecija; pero este creyendo más conveniente acudir
al socorro de su amigo Zaen, Rey de Valencia que oponerse a D. Fernando,
débil enemigo de su concepto, partió para embarcarse
en Almería, donde le ahogó en el baño Aben Ramin,
Gobernador de aquella plaza. El motivo o pretexto no se sabe; pero,
se cualquiera, este accidente y el incremento progresivo que iba tomando
el ejercito cristiano, infundieron tal desaliento en los sitiados,
destituidos ya de toda esperanza de socorro, que capitularon la entrega
de la ciudad, con tal que se les concediese la libertad, para retirarse
a don mejor les pareciese. Convino en ello D. Fernando y se entregó
la ciudad, entrando en ella las tropas cristianas el domingo 26 de
junio de 1236.
Queriendo el Santo Rey premiar los esfuerzos y servicios de los heróicos
capitanes que le habían secundado en su empresa, repartió
a feudo entre ellos el terreno conquistado, y siendo D. Alvaro Pérez
de Castro el mayor General de sus ejércitos, y el que más
había contribuido a la rendición de la importante plaza
de Córdoba y otros pueblos cercanos, poseyendo además
toda la confianza del Monarca excusado parece decir que, en la distribución
de estos territorios, llevó el ilustre caudillo la mejor parte.
II ORIGEN DEL NOMBRE DE DOÑA MENCÍA.- FUNDACION
DEL PUEBLO Y SU PRIMITIVA IGLESIA
Doña Mencía López de Haro, hija de D. Diego López
de Haro, 11º Señor de Vizcaya, estuvo casada en primeras
nupcias, con el famoso D. Alvaro Pérez de Castro.
Entre los territorios donados por el Santo Rey a tan denodado Capitán
se hallaba el terreno comprendido al pie de la sierra de Cubillas
y Oreja de la Mula y S. Cristóbal. En esta zona fundó
D. Alvaro un Castillo, que aún subsiste, y a su pie formó
una deliciosa heredad a la cual puso el nombre de su esposa[1].
Un descendiente de la mencionada señora, el Magnífico
e Ilustre Señor D. Diego Fernández de Córdoba,
Mariscal de Castilla, cerca de dos siglos después de la donación
del territorio y durante la menor edad del Rey D. Juan II, obtuvo
privilegio para fundar una población en el terreno de la misma
heredad, cuyo privilegio le fué concedido por el Regente D.
Fernando el de Antequera – que a la sazón gobernaba la
región de Castilla la Nueva, en la cual se hallaba comprendida
la parte conquistada en las provincias andaluzas – por Cédula
despachada en Toledo, el 2 de agosto de 1415. En el año siguiente
empezó la construcción de los primeros edificios, contiguos
a las murallas del Castillo, dando al pueblo, que empezaba a formarse
el mismo nombre que la heredad. El 7 de marzo de 1419 tomo el Rey
las riendas del gobierno, y , deseando el Mariscal acabar y ennoblecer
la nueva población, ganó privilegio del Monarca para
que veinte vecinos de ella fuesen exentos de alcabalas y tritutos;
cuya merced fue otorgada el 15 de enero de 1420, y se confirmó
por Real Cédula de 15 de junio del mismo año, ante Martín
de Vergara, Escribano Mayor de los Privilegios.
Ignórase la fecha en que se abriría al culto la nueva
Iglesia de la recién formada población. Solo puede asegurarse
que ya existía en 1419 pues por Bula de Martín V[2]
dada en Florencia en 3 de octubre del mismo año, se conceden
dos años y dos cuarentenas de perdón a todas las personas
de uno y otro sexo que habiendo confesado y comulgado y dado una limosna
visitasen la Iglesia de Nuestra Señora de Gracia[3] hoy Consolación,
del lugar de Doña Mencía, en el Reino de Córdoba,
desde las primeras Vísperas, hasta la puesta del sol en el
día de la Natividad de Nuestra Señora, ocho de septiembre.
Faltaba a la nueva Iglesia Sacerdote que la sirviera, y los Clérigos
de Baena tenían que pasar a Doña Mencía, a celebrar
la Misa los días festivos y administrar los Sacramentos; pero
como entonces eran frecuentes las correrías de los moros granadinos,
aquellos Clérigos se excusaban por temor a salir de su pueblo.
Los vecinos de Doña Mencía tenían, pues, que
trasladarse a Baena para cumplir sus deberes religiosos; y con este
motivo, eran atropellados por los moros, quienes los asesinaban o
llevaban cautivos, al atravesar los incultos campos que separaban
las dos poblaciones. La repetición de estos atropellos fue
causa de que los habitantes de la nueva población se retrajeran
de trasladarse a Baena para cumplir sus deberes de cristianos; quedando
por consiguiente privados de todo auxilio espiritual.
III FUNDACION DEL CONVENTO.- ERECCIÓN DE SU IGLESIA
EN PARROQUIA.- LITIGIOS
Para remediar aquella necesidad, el Mariscal pidió y obtuvo
licencia para que dos Religiosos del Real Convento de Predicadores
de San Pablo, de Córdoba, se establecieran en la nueva población,
ejerciendo la Cura de Almas. Instalados en el pueblo los dos Religiosos,
el Mariscal determinó edificarles una casa contigua a la Iglesia,
donde pudiesen vivir según la regla de su Orden. El citado
P. Cantero dice que no puede precisarse la época fija de la
fundación del Convento; pero en la lápida patronal que
existen en la nave central de la Iglesia, debajo de la cúpula
indicando que la Capilla es patronato de la Casa de Sessa, dice que
Mariscal la fundó en el año 1421.
Por Bula de Inocencio VIII[4] expedida a solicitud del repetido Mariscal,
se concedió perpetuamente a los Religiosos del lugar de Doña
Mencía establecidos en el Convento de Nuestra Señora
de la Consolación, el cargo de Cura de almas de aquellos vecinos,
con la facultad de percibir los diezmos y primicias y demás
emolumentos asignados a las demás Iglesias parroquiales de
la Corona de Castilla; señalando las líneas hasta donde
debía llegar su límite jurisdiccional que es el mismo
que hoy comprende el término municipal de la Villa; independiente
de las Parroquias de los pueblos limítrofes Baena, Cabra y
Zuheros, pero dependiente siempre del Orden de Predicadores, y dejando
muy limitada la jurisdicción diocesana.
Mal avenidos los Obispos de Córdoba con que la Iglesia de Doña
Mencía, que se titulaba Convento Parroquial de Nuestra Señora
de la Consolación, estuviese quasi exenta de su jurisdicción
episcopal, y que pasase a poder del Convento el producto de los Diezmos
y Primicias, entablaron varios pleitos con los Religiosos. Las condiciones
de este Bosquejo no permiten que se relaten minuciosamente tales litigios;
pero es bueno notar que siempre que el Convento acudía a Roma,
en defensa de sus derechos, siempre también los Papas decidían
el pleito a favor de los Religiosos. Uno de los hijos más ilustres
de este Convento el M. R. P. Maestro Fray Bartolomé Caballero,
que fue Provincial de Andalucía, en los años 1587 a
1591, asistió al Capitulo General de la Orden de Predicadores,
que se celebró en la misma Roma, y consiguió nuevo Breve
del Pontífice Sixto V en el que se confirmaban los Privilegios
del Convento[5].
Si por algún tiempo se contenían las tentativas de los
Obispos de Córdoba para someter a sus inmediatas órdenes
la Parroquia de Doña Mencía, y ejercer sobre ella toda
la jurisdicción episcopal incluso la designación y nombramiento
de Curas, con el transcurso del tiempo se olvidaban de las confirmaciones
Apostólicas obtenidas y volvían de nuevo a sus reclamaciones.
Uno de estos Prelados nombró Cura y Sacristán para Doña
Mencía, mandándole que estableciesen la Parroquia en
la Ermita de San Sebastián[6]. Habiéndose instalado en
ella, el Prior del Convento manifestó al pretendido Párroco
el atropello que cometía, mostrándole las Bulas y Breves
Apostólicos que confirmaban los derechos del Convento; pero
el Clérigo se negó a abandonar su Iglesia, ni lo que
él llamaba su Curato. Recurrieron los Religiosos, en vista
de tal obstinación, a las armas espirituales mientras diligenciaban
en lo temporal. Dirigiéndose procesionalmente a la referida
Ermita, con cruz alzada y pluvial negro y cantando la Letanía
de los Santos al llegar a la puerta de la Ermita, el Prior, diciendo
las preces del Ritual, arrojó una piedra dentro del recinto,
y lo mismo hicieron los demás Religiosos y seglares que acompañaban,
poniendo en entredicho el lugar sagrado. Atemorizados el Clérigo
y su Sacristán, tanto por las censuras lanzadas sobre ellos,
como por la actitud amenazadora que tomó el pueblo, abandonaron
la Ermita y la población; y seguido el litigio por los trámites
regulares, quedó sustanciado y resuelto, por ambas potestades,
a favor del Convento.
IV CONSTRUCCIÓN DE NUEVA IGLESIA.- PRINCIPALES FAMILIAS
QUE AYUDARON A LAS OBRAS Y ADORNOS DEL TEMPLO
Durante el transcurso de tres siglos el vecindario de Doña
Mencía había aumentado en tales términos, que
ya en el XVIII la primitiva Iglesia, compuesta por una sola nave,
resultaba incapaz de contener el crecido número de feligreses;
por lo cual se pensó en la construcción de otra más
amplia, que correspondiese al número de sus habitantes. Como
en la antigua Iglesia existía el Patronato de la Casa de Sessa,
y los de otras familias nobles de la población, se acordó
construir el nuevo templo sobre el mismo solar que el antiguo, quedando
dentro de el las bóvedas y enterramientos. Para ampliar el
solar hubo que tomar parte del Convento y en ella se construyó
la nave del lado del Evangelio; y para la de la Epístola se
incluyó otra porción de terreno que había intermedio
entre la antigua Iglesia y el Castillo[7].
Principió la obra el día 24 de agosto de 1737, siendo
Prior el M. R. P. Maestro Fray Francisco de Priego, hijo del Convento
de San Pablo de Córdoba y se estrenó el domingo 7 de
Octubre de 1741, siendo Prior el M. R. P. Maestro Fray José
Portillo, hijo del Convento de San Pablo de Sevilla. Celebróse
la dedicación con un octavario de fiestas solemnes, en las
que predicaron los más famosos oradores sagrados de la Provincia.
Durante las obras sirvió de Parroquia la Ermita de Nuestra
Señora de las Angustias[8].
La nueva Iglesia se construyó en forma de cruz latina, siendo
de gran altura el crucero, y mucho mayor la de la cúpula. La
cabeza de la cruz la forma el Presbiterio, que está situado
una vara más alto que el piso del templo, y de los brazos de
la cruz salen otras dos naves más bajas. La nave principal
termina en el Coro que estaba más de dos varas de altura sobre
el nivel de la Iglesia y con entrada por ambas naves laterales; en
la bóveda formada para elevar el Coro se hizo un enterramiento
con nichos o bovedillas a ambos lados, y por detrás de éste
y de la pared del Coro se construyó la torre para las campanas.
Esta torre y el enterramiento tenían entrada común,
por detrás del cancel de la nave del Evangelio. Las dos naves
laterales terminan con magníficas portadas de piedra berroqueña,
en las cuales se abren las puertas principales del templo, y sobre
ellas, en cada una, hay su correspondiente hornacina: en la de la
derecha esta colocada una estatua de piedra que representa a Nuestra
Señora de la Consolación, titular del templo, y en la
de la izquierda, otra de San Pedro de Verona, Patrón del pueblo.
A ambos lados de las hornacinas se ven esculpidas las armas de las
Casas de Sesa y de la Orden de Predicadores. No tenía capillas
el templo, pues los altares estaban situados en las paredes de las
naves laterales, dándole así mayor hermosura. Solo se
habilitó para Bautisterio una pequeña pieza al fin de
la nave del Evangelio. En esta mas abajo del Altar de los Dolores,
se abría la gran puerta de comunicación al Convento,
por la cual entraban y salían las procesiones claustrales.
También se comunicaba por la Sacristía, frente a la
escalera que conduce al Presbiterio.
El convento, el patrono principal de la Iglesia y las principales
familias del pueblo se emularon porque el templo resultase lo más
suntuoso posible. Como reconocimiento del patronato de la casa de
Sesa, se colgó en la baja del Presbiterio, una gran lápida,
de mármol de Cabra con la inscripción siguiente: “Esta
Capilla Mayor y entierro es del Excmo. Sr. Duque de Sesa y Baena,
Gran Almirante de Nápoles y Señor de esta Doña
Mencía, Patrono y fundador de este Convento y Parroquia, como
descendiente del Magnífico e Ilustre Sr. D. Diego Fernández
de Córdoba, Mariscal de Castilla, quien la fundó en
1421“.
En el lado derecho del crucero, por delante del Altar de Nuestro Padre
Jesús Nazareno, se halla una bóveda de enterramiento
y cubriendo su entrada una lápida, blanca, con la siguiente
inscripción: “Año 1741. Esta Capilla y Panteón
es del Sr. Juan José Alcalá Galiano Flores y Calderón,
Caballero del Hábito de Santiago, Alcaide del Castillo fortaleza
de esta Villa de Doña Mencía, y Superintendente de estos
estados. Y de sus sucesores y descendientes”. Al lado de esta
bóveda existe otra que termina bajo el altar de Santo Domingo,
también con su lápida que dice: “Año 1741.
Esta capilla y panteón es del Sr. D. Juan Santos Valera Roldán,
Rector y Colegial que fue del Mayor de Cuenca de la Universidad de
Salamanca. Y de sus sucesores“. En el otro brazo del crucero,
en la parte superior del retablo y altar de S. Pedro Mártir
se ve el escudo de armas de otra de las ramas de la casa Alcalá-Galiano,
y al pie de la tarima de dicho altar, una pequeña lápida
de mármol de Cabra, pero tan resquebrajada que no puede leerse,
y solo se ve que es de dicho año 1741. Inmediato a este altar
está el de Nuestra Señora del Rosario, que era de las
familias Roldán y Reinoso. Como por delante de estos dos últimos
altares no pudo formarse enterramiento por estar el pavimento asentado
sobre un risco, el Convento concedió sepultura a dichas familias
en la bóveda del camarín de la Virgen, teniendo su entrada
por el presbiterio, en el lado de la Epístola. Y por último,
en recompensa por la ayuda prestada por otras familias que no tenían
reconocidos derechos de patronato, se construyeron otras tres bóvedas,
una por delante de cada arco de los tres que existen por bajo del
púlpito y en dirección Norte a Sur, destinado la primera
que estaba delante del altar de la Virgen de los Dolores para la familia
de los Cuberos; la inmediata, para la de los Vargas y la tercera para
varias otras familias. Las lápidas que cubrían estas
tres bóvedas no tenían inscripción[9].
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"En la cercana villa de Doña Mencía, en elegante
y espacioso templo, testimonio, si no de riqueza, de la piedad, desprendimiento
y devoción de sus antiguos habitantes, se ven desde hace dos siglos
los retablos de roble esculpido y dorado, las capillas y las bóvedas
sepulcrales de las familias de los Galianos y de mi madre". (Notas
biográficas sobre don Antonio Alcalá-Galiano, por don Juan Valera).
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| Construido ya el magnífico templo era necesario
decorarlo con arreglo a lo que pedía su suntuosidad. No escasearon,
tampoco, para ello los donativos y generosidad de dichas familias.
El Convento y la casa de Sesa, unidos, costearon el sin par retablo
del altar mayor, poniendo las armas de uno y otra en la parte superior.
El referido D. Juan José Alcalá-Galiano, ya titulado
Marqués de la Paniega, costeó de su peculio el camarín
y retablo de Nuestro Padre Jesús Nazareno, poniendo su escudo
en cada uno. La familia Valera hizo a sus expensas el altar y retablo
de Santo Domingo, el año de 1758, y puso sus armas con la siguiente
inscripción: “Escudo de armas de la noble Casa de los
Valera “. Otra de las ramas de la familia Alcalá-Galiano
– cuyos descendientes viven en Cabra – costeó y
puso sus armas sobre el retablo de San Pedro Mártir, en el
año de 1757; las familias Roldán y Reinoso, ayudadas
por el convento, costearon el hermoso camarín y retablo de
Nuestra Señora del Rosario[10], y por fin, con otros donativos
se hicieron los demás altares; no quedando en toda la Iglesia
más que un retablo de la antigua, que se colocó en la
capilla del Sagrario que costeó el P. Fray Francisco de Vargas,
según se desprende de la lápida colocada a la entrada
de la capilla, cubriendo su bóveda que lleva la inscripción
siguiente: “Se hizo a devoción de M. R. P. Maestro Fray
Francisco Vargas. Año de 1789 “. Este mismo religioso
había costeado en 1779 el magnífico púlpito de
mármol y costeó en 1793 el trono y andas de plata de
San Pedro Mártir, con otras varias alhajas.
Así la Iglesia iba adornándose suntuosamente, merced
a la piedad religiosa de los vecinos pudientes, y al celo de los Religiosos,
que habían cifrado todo su empeño en adornarla con esplendidez,
no solo por ser la de su convento, sino también por ser la
Parroquial y única del pueblo, dedicando a su ornamentación
la mayor parte de lo que producían las rentas y bienes del
Convento.
V NUEVO LITIGO CON LA CORONA.- SU RESOLUCION.- REGRESO DEL
PRIOR DESDE LA CORTE.- CAPILLA PARROQUIAL.- VENTA DE BIENES DE BENEFICENCIA,
SANTUARIOS, COFRADIAS, ETC
Cuando más tranquilo se hallaba el Convento en la quieta y
pacífica posesión de su Iglesia y de sus prerrogativas,
se vio envuelto en un nuevo pleito; pero esta vez no fue con los Obispos
de Córdoba, sino con la misma Corona, en los últimos
años del reinado de Carlos III.
El Concordato de 11 de enero de 1753, concertado entre Su Santidad
el Papa Benedicto XIV y el Rey Católico Fernando VI, firmado
en Castelgandolfo y ratificado en 20 de febrero del mismo año,
y el Breve aclaratorio del mismo Pontífice, dado en Roma, bajo
el anillo del Pescador, el día 10 de septiembre del repetido
año, confirmaba la prerrogativa Real para el nombramiento de
todos los Beneficios de las Iglesias de España, a excepción
de 52, que en el mismo Breve se mencionan. Por consiguiente el nombramiento
de Curas del pueblo de Doña Mencía pertenecía
a la Corona. Opúsose el Convento alegando sus derechos y preeminencias,
y formando el oportuno expediente ante el Escribano Público
de la Villa D. Bonoso Marcelino de Corpas, se entabló el pleito
ante el Procurador Fiscal de la Cámara en todas las materias
pertenecientes al Real Patronato. Algunos años pasaron sin
que recayese resolución definitiva, hasta que al fin el Prior
partió para la Corte, llevando consigo las Bulas y Cédulas
Reales que confirmaban los privilegios del Convento. Por fin obtuvo
la Real Cédula de Carlos IV – que no va inserta por no
permitirlo los estrechos límites de este libro – en la
que se reconocía el derecho de los Religiosos, guardando las
condiciones y reglas que en la misma Cédula se detallan.
El regreso del Prior, que de antemano había escrito notificando
el favorable fallo, fué un verdadero acontecimiento. A pesar
de las malas condiciones de los caminos de aquella época muchas
personas llegaron a esperarlo hasta Andújar; y especialmente
desde Baena, el camino se hallaba sembrado de flores y lleno de inmensa
muchedumbre; siendo tal el delirio de algunos que tendían sus
capas para que sobre ellas pasase la mula en que cabalgaba el Prior.
Todo el pueblo acudió al camino. Se erigieron arcos de follage;
hubo iluminación general, siendo notable la de la torre de
la Iglesia, claustros del Convento; repique de campanas, capeas y
otras diversiones públicas, y por último, se cantó
el Te Deum y se celebró un solemne Triduo de acción
de gracias.
Para armonizar el derecho de la Corona y las atribuciones del Diocesano
con los privilegios del Convento, de acuerdo con las disposiciones
de la Real Cédula, se estableció la Parroquia en la
capilla del Sagrario, - creada como va dicho en 1789 -; a su inmediación
se formo otra capilla con su altar, en la cual se instaló la
pila bautismal y a continuación en pieza a parte, se instaló
el Archivo Parroquial, al cual se trasladaron los Libros de Bautismo,
Desposorio y Defunciones, que antes se guardaban en el Convento. A
uno y otro lado de las dos capillas se colocaron confesionarios para
los tres Religiosos que ejercían el cargo de Curas, y para
los clérigos particulares. Los entierros entraban y salían
por la puerta de la nave del Evangelio, y los cadáveres se
exponían delante de la capilla del Sagrario; costumbre que
a pesar de la exclaustración, siguió hasta 1864. Los
Obispos de Córdoba en sus visitas solo la hacían al
Sagrario Parroquial, Pila Bautismal y Archivo; la visita al Sagrario
del altar mayor estaba reservada a los Prelados de la Orden. La bóveda
del Sagrario se reservó para enterramiento de los Religiosos
que ejercieran el cargo de Curas. Y tan escrupulosamente se llevó
a cabo este deslinde de atribuciones, que, hasta la época de
exclaustración, se cantaban dos misas los días festivos,
la una, pro pópulo, en el altar del Sagrario, y la otra, conventual,
en el altar mayor. En suma, la Parroquia comprendía desde el
arco de la nave del Evangelio que esta contiguo al Sagrario, hasta
la puerta de entrada a la misma nave; - todo lo que hoy esta ruinoso
– lo demás se conceptuaba como Iglesia del Convento.
Era, en fin una cosa análoga a lo que acontece en muchas Catedrales
con la Parroquia del Sagrario.
Por Real Decreto de D. Carlos IV dado en 19 de septiembre de 1789,
inserto en la Cédula del Consejo del mismo mes, se ordenó,
para los fines que en la misma se determinan, la venta de bienes de
Hospitales, Hospicios, Casas de Misericordia, Cofradías, Memorias,
Obras Pías y Patronatos de legos. En su consecuencia, se enajenaron
algunos bienes que poseía el Hospital, que existió en
este Villa junto a la Ermita u Oratorio del Espíritu Santo[11];
los de las Ermitas de las Angustias, San Sebastián y Santa
Catalina; los de las Cofradías del Rosario, de las Ánimas
y del Santísimo; los de la Obra Pía para escuelas[12],
y otros varios. Y aunque dicho Real Decreto disponía que los
capitales que produjesen las ventas devengasen el interés de
tres por ciento destinado a llevar las cargas de las fundaciones,
lo calamitoso de los tiempos que siguieron impidió la cobranza
de dichos intereses, y así fueron extinguiéndose tanto
el Hospital como la Obra Pía y Cofradías mencionadas.
Del cuantioso capital de Beneficencia que poseía Doña
Mencía, solo se conservó una dote para doncellas pobres,
del cual se tratará más adelante.
VI INVASION FRANCESA.- AÑO DEL HAMBRE.- NUEVAS CONSTRUCCIONES.-
ADQUISICION DE COLGADURAS Y OTROS ADORNOS.- COLERA 1834.- EXCLAUSTRACION.-
DEPOSITO PROVISIONAL DE LAS ALHAJAS DEL TEMPLO.
Llegó la invasión francesa en 1808, y después
del alzamiento de Madrid en el memorable 2 de mayo, las provincias
españolas lanzaron el grito de: Independencia, y las tropas
francesas, se extendieron por la Península. El General francés
Dupont forzó el paso de Despeñaperros, y entrando en
Córdoba, que no podía oponerle resistencia, la entregó
al saqueo. Luego se exparcieron sus tropas por la provincia, robando
y saqueando cuanto encontraban al paso, y cometiendo en los pueblos
las mayores atrocidades. Un destacamento de estas tropas vandálicas
entro en Doña Mencía, cuyos moradores, en su mayoría
habían abandonado el pueblo, refugiándose en otros inmediatos,
o habían huido al otro lado de la sierra por la parte de La
Nava, ocultando de antemano todo lo que buenamente pudieron. El Prior
del Convento había tenido también la previsión
de ocultar, cuidadosamente la mayor parte de las alhajas del templo.
Los franceses, después de cometer desafueros en varias casas,
se dirigieron al Convento y exigieron del Prior les entregase las
alhajas de la Iglesia. El buen Religioso se excuso, manifestando sus
propios ojos; y al fin; después de una requisa minuciosa, se
apoderaron de dos cálices, una araña de plata de la
Virgen del Rosario y otras alhajas de poco valor, que habían
quedado expuestas para no infundir sospechas. En cambio saquearon
el Convento llevándose cuantas provisiones encontraron. Pocos
días después, el 19 de julio del dicho año, se
dio la celebre Batalla de Bailén, en que los generales españoles
Castaños y Reding derrotaron a los franceses Dupont y Vedel,
dejando tendidos en el campo de batalla 22.000 enemigos y cogiendo
prisionera toda la división del último, que ascendía
a 18.000 hombres. Tomaron los españoles además el inmenso
botín que conducían los invasores, en el cual se encontraron
inmensas riquezas de los templos que habían saqueado. Castaños
devolvió religiosamente a cada Iglesia lo que acreditó
pertenecerla, y así la de Doña Mencía recuperó
los dos cálices y las otras prendas de que se habían
apoderado los franceses, excepto la araña que había
desaparecido.
Algunos años tardó el Convento en reponerse del quebranto
sufrido, pues aunque el de 1809 fue abundantísimo, en cambio
el de 1812, llamado año del hambre, fue horrible, pues los
comestibles subieron a precios tales[13],
que muchas gentes después de alimentarse con yerbas y raíces,
morían extenuadas. Como las familias principales habían
abandonado la población, estableciéndose en otros puntos
de mas importancia a fin de estar más a cubierto de las tropelías
de los franceses que habían vuelto a invadir la Andalucía,
el Convento no podía dejar de socorrer tan extrema necesidad;
y, aunque mermo considerablemente los recursos, el hambre no hizo
en Doña Mencía los estragos que en otros pueblos.
Ya repuesto el Convento de sus quebrantos, se pensó en ampliarlo,
pues, por haber dado buena parte de su recinto para la construcción
de la Iglesia y capilla, había quedado sumamente estrecho.
Además, ya en 1816, los Religiosos sacerdotes ascendían
a veintidós, con un buen número de novicios, legos y
sirvientes. En su consecuencia se le agregó un buen pedazo
de terreno, por la parte del Norte, en el cual se construyeron dos
magníficas salas priorales, alta y baja, con otras dependencias,
con balcones a Norte y Poniente, que daban al edificio un exterior
sumamente agradable. En los sótanos de las nuevas construcciones,
llamados Atarazanas se colocaron las bodegas del Convento.
Dos años después adquirieron los Religiosos la magnífica
colgadura de damasco rojo, que hoy existe, y al año siguiente
seis hermosas arañas de cristal para los arcos laterales de
la nave central y una mayor de dos cuerpos de luces para el Presbiterio;
por el mismo tiempo, también, con el producto de unas casas
que una señora piadosa donó a la Iglesia, se costeo
el pavimento de mármol blanco y negro, para la Iglesia, el
Apostolado y la Sillería del Coro. En 1821 se hicieron las
suntuosas andas y trono de plata en que se saca la Custodia para el
día del Corpus. En 1825 se hizo el riquísimo estandarte
de Nuestra Señora del Rosario, con tela de plata bordada en
oro a gran realce, con vara y cruz de plata, cuya alhaja costó
dieciocho mil reales, según unos apuntes antiguos. En 1829
se adquirió la nueva imagen del Beato Francisco de Posadas[14],
y en 1832 el hermoso trono e imagen de San José, ultima adquisición
de importancia de que han quedado noticias.
Atacada la población por el cólera morbo en el verano
de 1834[15]
causó tantos estragos que en el Convento sólo
quedaron dos Religiosos sacerdotes, Fray Antonio García y el
P. Campos. El Real Convento de San Pablo de Córdoba envió
otros seis Religiosos sacerdotes, y así continuo hasta que
el año 1837 se dio orden de exclaustración.
Al presentarse como Comisionado del Gobierno un señor Tablada[16],
natural de Montilla se incautó del edificio y de todos sus
bienes y pertenencias, y los Religiosos abandonaron para siempre el
Convento. Al haber tenido defensores, muy otra hubiera sido la suerte
de la Iglesia, pues cumpliendo extrictamente el Decreto, en uno de
cuyos artículos se disponía que las piezas contiguas
a las Iglesias de los Conventos quedasen exceptuadas de la desamortización
y para desahogo de las mismas Iglesias, no hay duda que hubiera quedado
a beneficio del templo toda la parte que con el lindaba, como ocurrió
con otros muchos que pudieran citarse. Pero el Patrono principal de
la Iglesia vivía en la Corte, los de los altares estaban avecinados
en otros puntos, los Religiosos nuevos, huyeron, los dos que hemos
nombrados antes, acobardaron, y los seglares que hubieran podido y
debido defender el asunto, no lo hicieron por miras interesadas. Separóse
pues el edificio convento del de la Iglesia; pero, en tales condiciones
que habían de serles fatales.
Vendido el convento se dividió en tres partes haciendo la división
por medio del patio en el sitio que ocupaba la fuente y por la espalda
de la gran escalera de mármol[17].
La parte norte fue adquirida por los señores Moreno, entrando
en ella las Atarazanas; a don Cristóbal Vergara López,
se adjudicó la que lindaba por la Iglesia, compensándole
por lo que avanzaba dentro de ella el edificio del templo con las
habitaciones altas de la sacristía y del camarín del
Rosario y los graneros que estaban frente al castillo, y don José
Priego Mármol obtuvo la parte que mira a Levante, en la cual
estaba la casa de labor. Solo se dejó a la Iglesia, como si
fuera una limosna, el Salón de Referctorio[18]
y las habitaciones que pisaban sobre el Bautisterio y archivo, y para
estas fue necesario abrir escalera detrás de la puerta de la
nave del Evangelio. El camarín de Jesús Nazareno que
tenía su entrada por el Convento, quedó sin comunicación
al cerrar la puerta de entrada del Convento a la Sacristía,
y hubo que abrir a este, nueva escalera. En fin, baste decir que para
guarda–plata quedó el cuarto donde se guardaban las esteras,
situado a espaldas del altar mayor. Procedióse después
a la venta de los muebles y enseres del Convento. Solo diré
sobre este punto que habiendo empezado a resentirse la torres de la
Iglesia, para su próxima reparación los Religiosos habían
almacenado treinta y seis millares de ladrillos y se vendieron, ¡
a real el ciento![19].
No salió la Iglesia tan mal parada por lo que respecta a las
alhajas gracias a la situación ambigua en que se encontraba.
El Comisionado Tablada pretendía recogerlas todas, alegando
que aquella Iglesia era del Convento, pero las autoridades y el pueblo
sostenían que era Parroquia de la villa. Al fin, en una reunión
celebrada al efecto en la Casa Consistorial, se convino entregar alguna
alhajas para cumplimentar la orden del Gobierno, y que de las demás
quedase el Ayuntamiento como depositario responsable, hasta tanto
que por el Gobierno de Su Majestad se adoptaba la resolución
que procediera. Entregáronse los lámparas que tenían
los Ángeles de la entrada del Presbiterio, una vara de guión
con su cruz, y un acetre con su hisopo y una campanilla de las dos
que había, todo de plata. El Comisionado dio recibo de lo que
se llevaba, y este recibo quedo unido al Acta que se levantó
y se halla en el libro Capitular de sesiones del Ayuntamiento del
año 1837. De las demás alhajas inventario triplicado,
quedando uno de los ejemplares en la Parroquia, otro en el archivo
del Ayuntamiento y el tercero en la Escribanía Pública
del pueblo. También algunos particulares obtuvieron copias
simples[20].
VII CONSECUENCIAS DE LA DEFECTUOSA SEPARACION DE LOS DOS EDIFICIOS.-
PRIMERA VISITA PASTORAL DESPUES DE LA EXCLAUSTRACION.- OBRAS DE REPARACION
DE 1867 Y 1868.- COINCIDENCIA
Pocos años habían pasado cuando ya empezaron a tocarse
las consecuencias de la anómala separación de la Iglesia
y el Convento. La tapia levantada en medio del patio del claustro
para dividir las dos partes principales del convento, cejo las tejas
que recibían las aguas pluviales de los tejados de ambos edificios,
y el terreno empezó a resentirse. Por eso en los años
de 1845 o 1846, el Ayuntamiento, a cuyo cargo estaba la recaudación
de la Contribución al Culto y Clero, tuvo que emprender algunas
obras para contener la ruina que se presentía. El pormenor
de estas obras se halla en un legajo del Archivo Municipal. Poco tiempo
después un incendio destruyó la media naranja del Convento,
y gracias a que pudo cortarse a tiempo, pues ya amenazaba la cercana
nave de la Iglesia. Más adelante los dueños de la parte
Norte del exconvento, derribaron los tejados y techos para aprovechar
los materiales y más tarde demolieron la esquina del mismo,
que era de piedra de cantería, con lo cual se privo a la Iglesia
de su principal punto de apoyo. No teniendo la Iglesia propiedad sobre
los tejados de la Sacristía, no podía atender a su reparación,
y esta se convertía en una laguna, por lo cual en 1858 hubo
necesidad de habilitar para Sacristía la entrada del camarín
del Rosario. Los ornamentos habían sufrido bastante deterioro
por las lluvias, y también se desprendió a causa de
las goteras, uno de los cuatro ángeles grandes que había
en el camarín, deteriorando algo el trono de la Virgen.
Para evitar estos daños, y al mismo tiempo dar cumplimiento
a un disposición superior encaminada a poner a las Iglesias
en condiciones de seguridad, el Arcipreste D. Juan Raimundo Cubero
y el Ecónomo primero y Rector D. Rafael Ruiz de Pedrajas, negociaron
un convenio con D. Cristóbal Vergara López, por el cual
éste señor cedía en propiedad a la Iglesia, las
habitaciones que pisaban sobre la Sacristía, guarda–plata
y camarín antedicho, con alguna parte del granero antiguo;
recibiendo en compensación, el salón del refectorio
con su callejón de entrada. De este modo quedó la Iglesia
mas independiente y con más seguridad, puesto que en las habitaciones
que habilitó se puso casa para el sacristán y mas adelante
oficina para el archivo.
En el mes de agosto de 1859, el Excmo e Iltmo Señor Don Juan
Alfonso de Albunquerque, Obispo de Córdoba, hizo su santa Visita
Pastoral, primera llevada a cabo después de la Exclaustración.
Al presentar al Prelado el inventario, que era la copia que quedo
en poder de la Iglesia en 1837 y solo contenía la descripción
de las alhajas de oro y plata y los mejores ornamentos, quedo admirado
del rico caudal que poseía la Iglesia. Ordeno que se hiciera
un nuevo inventario, mas extenso y minucioso, en el cual se fuesen
especificando, nava por nave, los altares que contenía, las
imágenes de cada uno, ropa y alhajas que le pertenecían
y lo mismo en las demás Capillas, Camarines y dependencias
de la Iglesia, y que una copia de este Inventario autorizada con las
firmas del Arcipreste, Párroco y Obrero, se remitiese a la
Secretaría de Cámara del Obispado, para su conservación,
(véase el Apéndice 4º). También visitó
las Ermitas del Cementerio[21],
Calvario[22] y Espíritu Santo, ordenando en las dos últimas
algunas reformas.
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Interior de la parroquia de Doña Mencía tras su incendio y destrucción
en septiembre 1932 |
| El ilustre visitante pudo ver por si mismo la inminente
ruina que amenazaba el templo, y tan pronto como término su
santa visita envió un arquitecto para que procediera al reconocimiento
de todo el edificio. Se levantó la losa que cubría la
entrada de la bóveda del Sagrario y después de dar tiempo
a que se renovara el aire interior, se vieron en su fondo, unos sobre
otros, los cadáveres de todos los Religiosos que allí
se habían ido sepultando. También se abrieron las tres
bóvedas que había en la nave central, más abajo
del púlpito. En estas, que llegaban hasta los arcos de la nave
del Rosario, estaban los cadáveres depositados sobre unos poyos
que corrían alrededor de las bóvedas. Ni en estas ni
en la del Sagrario, había deterioro alguno. Después
de un detenido examen de todo el edificio, manifestó el arquitecto,
que el único medio que a su parecer había para que el
pueblo no se quedase sin Iglesia, era la demolición de la existente
y que con los mismos materiales se construyese de nuevo en el recinto
del castillo, derribando los tres molinos aceiteros con cinco vigas
que en el existen, aprovechando las murallas para paredes laterales
y la torres que da a la calle Llana para colocar las campanas. Varias
causas se opusieron a la aprobación de este proyecto, quizás
el más conveniente de cuantos se propusieron. Fue una de ellas
el enorme gasto que esto suponía pues se dijo ascendía
a un millón de reales. Otra de estas causas era la oposición
del Ayuntamiento, pues teniendo que dar la entrada al nuevo templo
por el sitio que hoy ocupa el Pósito y las Escuelas, había
que ceder estos locales. Un segundo arquitecto, enviado después,
propuso se construyese nueva Iglesia en la plaza, en la casa que da
frente al Ayuntamiento, pero reconocido el terreno se vio que era
movedizo y húmedo, por lo cual fue de parecer que debía
expropiarse la calle Santa María, con las casas adyacentes
de la Plazuela por la Cruz y calleja del Médico, y edificar
el templo en el solar que resultara. Entre tanto la Iglesia caminaba
a su ruina a pasos agigantados, pues el terremoto acaecido a las ocho
de la mañana del día 11 de noviembre de 1862 la dejo
muy quebrantada. El manchón del púlpito y los que le
seguían hasta el Coro se iban hundiendo en el terreno; la fachada
de la nave del Rosario amenazaba desplomarse, por lo cual hubo de
inutilizar aquella puerta de entrada, y por último se hundió
la bóveda subterránea del Coro quedando este cerrado.
Por fin, se formo un presupuesto de reparación y por la influencia
y buenos oficios del Diputado a Cortes por el Distrito, Excmo Sr.
D. Martín de Belda, después primer Marqués de
Cabra, se consiguió la aprobación del Gobierno de SM
saliendo las obras a subasta pública, y adjudicándose
a D. Ramón Urbano Ruiz, vecino del pueblo, en la cantidad de
setenta mil y pico pesetas.
Empezaron las obras en el mes de septiembre de 1867. Se abrieron grandes
zanjas para reforzar los cimientos del machón del púlpito
y los dos contiguos, echándose de ver, con asombro, que estaban
construidos sobre cascote, que habría sido echado allí
para rellenar el terreno; se macizaron las tres bóvedas de
la nave central, las dos de la de Jesús y la del Sagrario;
se pusieron gruesos tirantes de hierro, desde unos a otros machos,
tanto en la nave central como en las laterales; se derribó
la bóveda del coro, dejando su pavimento solo una cuarta más
alto que el piso de la Iglesia con lo cual se dio a esta mas hermosura
por haber desaparecido las dos escaleras laterales que avanzaban hasta
la mitad de los arcos contiguos; se macizó también el
arco donde estaba embutida la escalera del órgano dando entrada
por la tribuna, y a la torre por el coro; se rellenó también
la otra pared lateral del mismo; se derribó la portada de la
nave del Rosario, y se levantó de nuevo dándole más
grueso, pulimentando las pilastras y uniéndolas entre si con
trabazones de hierro; se subió una cuarta el piso de la Sacristía;
se trasladó el altar y retablo de Santa Teresa al sitio que
había ocupado la puerta que había de comunicación
con el exconvento, por bajo del altar de los Dolores, poniendo en
la capilla de primero la pila bautismal y dejando la otra pieza para
el paso al órgano y habitaciones altas para las capillas; y
por último, se derribó el cuerpo bajo de la torre, construyéndole
de nuevo poniéndole la base y zócalo de grandes piedras
de tierra de canterías y dos fuertes murallas, bajo tierra
a las esquinas y revocando las cuatro fachadas de la torres. El 13
de septiembre de 1868 se dio por terminada la reparación, y
en procesión solemne se condujeron al templo las sagradas imágenes,
que durante las obras habían estado depositadas en casas particulares.
El 14, día en que se celebra la fiesta votiva a Nuestro Padre
Jesús Nazareno, (Véase el Apéndice 3º),
se abrió al culto la restaurada Iglesia, llevando en procesión
al Santísimo Sacramento, y cantándose el Te Déum
a continuación de la fiesta. La velada se celebro en el llano
de la Iglesia.
Parece providencial que aquel año se hiciera la reparación
del templo, pues cuatro días después, el 18, empezó
en Cádiz la Revolución de Septiembre, en la que tantos
edificios religiosos vinieron al suelo a impulsos de la piqueta demoledora,
y si en aquellas circunstancias hubiese seguido ruinoso el edificio
y sin haberse logrado la consignación para las obras, solo
Dios sabe cual hubiese sido la suerte de nuestra única y suntuosa
Iglesia.
VIII NUEVOS SINTOMAS DE RUINAS.- HUNDIMIENTO EL DIA 2 DE
JUNIO DE 1887.- REPARACION PROVISIONAL.- OTRO HUNDIMIENTO EL DIA 5
DE MAYO DE 1895.- SU RECONSTRUCCION.- NUEVAS OBRAS DE CONTENCION.-
ESTADO DEL TEMPLO AL EXPIRAR EL SIGLO XIX
Pocos años después de concluida la reparación
anterior, derribaron sus dueños la parte del Convento que lindaba
con la Iglesia, y esta quedo completamente desamparada por aquel lado.
No habiéndosele dado salida, por ninguna parte, a la aguas
de los tejados de la Iglesia, natural era que, empapándose
en los escombros, se filtrase a los cimientos. Así que, los
machones del templo empezaron de nuevo a bajarse inclinándose
al centro de la nave de Jesús. Las capillas del Sagrario y
del Bautisterio amenazaban venirse al suelo. Se recompuso la pared
Norte de la primera y luego se derribo la segunda y la pieza contigua,
y se construyeron de nuevo en la forma irregular que hoy tienen, haciéndose
un corredor desde ellas para pasar al órgano. También
se cortó el machón en que se apoya dicho órgano,
y se construyó de nuevo de yeso y ladrillos.
Pero el golpe mas funesto para la Iglesia, fue el que recibió
la tarde del 2 de junio de 1887. Se trataba de cortar y sacar nuevos
cimientos al machón inmediato al del púlpito. Apuntalado
sin duda, convenientemente, se empezó a derribar la parte baja.
Eran las cinco de la tarde cuando empezaron a crujir las maderas del
interior de las bóvedas. Tal vez como las grietas de los arcos
laterales llegaban hasta las ventanas, los puntales no pudieron resistir
el peso que se les vino encima. Un cuarto de hora después un
terrible estruendo y una densa polvareda que salía del templo
anunciaba el desastre. El machón se había derrumbado
trayéndose consigo todo el lienzo del muro comprendido entre
las dos ventanas, desde el tejado hasta la mitad de cada arco, y arrastrando
consigo la parte de la bóveda correspondiente a cada nave.
Providencial que este suceso aparte de las pérdidas materiales
que ocasionó, no trajese un día de luto para la población.
Los albañiles al oír los primeros chasquidos de las
maderas que se rompían, salieron precipitadamente con el Cura
en busca de nuevos puntales; una familia que había dentro de
la Iglesia, esperando bautizar a un niño, también se
salió por espontáneo impulso, sin llevar a cabo su cometido,
y ... minutos después de su salida ocurrió el derrumbamiento.
Y si este no fue mayor debióse a la misma construcción
del edificio. En la parte del muro que sostenía el tejado de
la nave central, corría, en todo su largo, una gran viga, de
las que vulgarmente llamamos puentes, y sobre ella estaban clavadas
las vigas del tejado de la nave. Así es que al derrumbarse
el macho y lienzo del muro, el tejado quedó al aire, pero sostenido
por aquella especie de puente que formaba la gran viga apoyada en
los extremos del muro que quedaban en pie. De estar las vigas apoyadas
directamente en el muro y haberse empezado a hundir el tejado de la
nave central, Dios solo puede saber lo que hubiera quedado en pie
de todo el edificio. También en el hundimiento de la nave de
Jesús, ocurrió una casualidad providencial. Al desprenderse
las vigas y tirantes de aquella parte, después que derribaron
parte del techo de la bóveda, los extremos de las vigas que
apoyaban sobre la nave central, vinieron a descansar en el suelo,
quedando los otros extremos en el sitio de arranque, de modo que se
formo una especie de triángulo rectángulo, cuyos lados
eran el suelo y la pared lateral del Norte y su hipotenusa las vigas
con el tejado encima. Bajo este singular parapeto quedó oculto
el Altar de Nuestra Señora de los Dolores. Tan resguardado
quedó este que ni el altar ni el retablo, ni las sagradas imágenes,
ni aún las cristaleras de los nichos sufrieron quebranto alguno.
Hasta la lámpara de plata del Sagrario[23], que provisionalmente
se hallaba colgada delante del altar de la Virgen, sólo sufrió
el desperfecto de desenlazarse una cadena, quedando colgada en el
mismo sitio. La pérdidas de objetos que ocasionó el
derrumbamiento fueron dos arañas de cristal de ambos arcos
y el cuadro del Apostolado correspondiente a aquel manchón.
Inmediatamente se procedió a apuntalar el manchón del
púlpito para evitar que por aquella parte se viniera abajo
la cúpula y con ella la mayor parte del edificio. Abrióse
una suscripción en el vecindario que produjo unas cuatro mil
pesetas. A esta cantidad se unió otra de quinientas producto
de una rifa de una imagen del la Virgen del Carmen[24], que para este
fin dono el Presbítero D. Juan Rafael Moreno Navas, natural
de este pueblo y vecino de Barcelona. Con esta suma se dio principio
a las obras más urgentes. Se macizó el arco que unía
la parte baja de la nave con el brazo del crucero y en la pared que
resulto se colocó el retablo y altar de Nuestra Señora
de los Dolores frente a Jesús Nazareno; se levanto el manchón
y lienzo de muros derribados y se cerraron todos los arcos de la nave
central que daban a la de Jesús, incluso el toral correspondiente
a la misma, dejando en este último un arco mas bajo y estrecho.
Al fin se consiguió sin nuevo derrumbamiento subir aquellas
paredes que sirvieron de sostén a la Iglesia, y esta quedo
privada de la nave del Evangelio, casi toda y de las Capillas del
Sagrario y Bautisterio. Durante estas obras se estableció provisionalmente
la Parroquia en las cosas que Don Francisco Moreno Ruiz posee en la
calle Nueva.
Un nuevo hundimiento vino a aumentar el cúmulo de ruinas. Mientras
se celebraban los oficios de María, en la lluviosa tarde del
5 de mayo de 1895, se hundió el tejado del camarín de
Jesús, cayendo sobre el cimborrio, el cual no pudiendo resistir
el peso, se vino abajo, trayéndose el cuerpo de luces, cupulilla
y pedestal que eran de piedra de cantería. Toda esta mole vino
a parar al suelo del camarín, el cual se hundió también
yendo a parar todo a la Sacristía. Por fortuna la Santa Imagen
que se había bajado para la procesión del Viernes Santo,
no se había vuelto a colocar en su trono, tal vez previniendo
lo que se iba a suceder y solo el dicho trono sufrió bastantes
desperfectos. Fue casualidad que no se hiciese pedazos la gran mesa
de mármol de la Sacristía, aunque recibió algún
deterioro. La Sagrada Imagen fue depositada en casa de su patrono
el Excmo. Señor Marques de la Paniega, hasta que este a sus
expensas reedifico el camarín, el cual se volvió a pintar
de nuevo, aunque con menos gusto y mérito que el que tenía
pintura anterior.
La Santa Efigie se volvió a llevar en procesión al Templo
la noche del 30 de octubre de 1897.
Al fin por la influencia del Diputado a Cortes por Cabra, D. José
Sánchez Guerra y Martínez, se consiguió del Gobierno
de SM que se librasen diez mil pesetas y se subastaron las obras más
perentorias, adjudicándose a un vecino de Montoro. Sin derribar
las paredes que cerraban los arcos, se procedió a cortar y
erigir de nuevo el manchón del púlpito, sacándole
nuevo y mas fuerte cimiento, desmontando antes el tejado de la cúpula
para que el peso no gravitase sobre ella; se derribó el arco
del Presbiterio y para asentar la cimbra, sobre el cual había
de construirse el nuevo fue necesario destruir los medallones y adornos
que había en las pechinas sobre las cuales tenia que apoyarse[25],
se derribó y construyó el nuevo gran manchón
de la puerta de la Sacristía, en cuya construcción se
puso tal esmero, que si algún día hubiese necesidad
de repararlo, los que lo hicieran quedaran admirados de la obra que
tiene en su interior; se derribó la media naranja y para no
recargar peso en los cuatros arcos laterales, se formo de nuevo con
cañas, revestidas de yeso por la parte visible, sin rosetón
ni cascos, y por último se sacaron también nuevos cimientos
al tercer manchón contando desde el púlpito, único
que quedaba en aquel lado sin reforzar. No se cubrió la parte
de bóveda caída, pues parece que esta operación
no estaba incluida en el presupuesto de obras. Durante éstas
sirvió de Parroquia la Ermita del Espíritu Santo.
Al efectuar el Ilmo. Sr. D. Sebastián Herrero y Espinosa de
los Monteros, dignísimo Obispo de Córdoba[26] su tercera
Visita Pastoral en el mes de mayo de 1897, quedó dolorosamente
impresionado al observar cuan diferente era el estado del templo del
que tenía en el mismo mes del año 1884, cuando lo vio
por primera vez. Reparando en el estado de la bóveda se dirigió
a los fieles presentes en el sentido discurso excitándoles
para que con sus limosnas contribuyesen a la obra, para la cual el
Prelado dio, de su peculio particular, setecientas cincuenta pesetas.
Pero el pueblo no correspondió al llamamiento y no siendo bastante
la cantidad donada por el Obispo, quedó sin tapar la bóveda.
Por fin, algunas personas piadosas tomaron a su cargo la recomposición
y la bóveda quedó cerrada en la parte de la nave central.
La piadosa Señora Doña María del Rosario Moreno
Priego[27], a
quien la Iglesia de Doña Mencía debe bastantes mejoras,
restauró enseguida el trozo de nave que hoy forma la capilla
de Nuestra Señora de los Dolores, volviendo a colocar en su
primitivo sitio el altar y retablo de dicha Imagen. En el año
siguiente otras varias señoras restauraron otro trozo de la
nave, contiguo al anterior, formando otra Capilla en la que se colocó
el Altar y Retablo del Sagrario, quedando habilitado para los fines
de la antigua.
Con estos reparos quedó la Iglesia en la forma irregular que
hoy tiene.
Hemos quedado al final del Siglo XIX, segundo de vida del templo.
El estado de este es el siguiente: las naves central y del Rosario
mantienen su primitiva forma, aunque con las imperfecciones de la
cúpula en la primera. La nave de Jesús queda transformada
por completo. Del brazo derecho del crucero se ha formado una capilla,
que esta pidiendo reparación, con los Altares de Jesús
Nazareno y Santo Domingo. En su tercera pared, resultado del cerramiento
del arco, no haya altar alguno, pero se cree se colocará el
de Santa Teresa que esta allí depositado. Por bajo del púlpito
se han formado las dos capillas ya descritas. En el último
arco de este lado sigue en pie la pared que se levantó para
separar la nave, y tras de ella quedan sin restaurar la que sirvió
de Parroquia hasta la exclaustración. La fachada de esa nave
también pide reparaciones. No existe Bautisterio pues desde
el hundimiento de 1887 se bautiza en la Sacristía.
Dios haga que el siglo XX sea más feliz para la Iglesia de
Nuestra Señora de la Consolación de Doña Mencía
que el que acaba de terminar.
José Montañez Lama.- Maestro Nacional
Enero de 1901
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Portada del Boletín de la Real Academia de Córdoba donde se publicó
el Bosquejo Histórico de la parroquia de Doña Mencía |
| APÉNDICE 1º
En la pagina 240 al tratar del Real Decreto de 19 de septiembre de
1789 ordenando la venta de los bienes de Hospitales, Hospicios, etc,
se hizo mención de una dote para doncellas pobres, y con el
fin de que no se pierda la memoria de tan piadosa fundación,
se transcribe aquí copia del documento que lo acredita, existente
en el Legajo correspondiente del Archivo Municipal; cuyo documento
dice así literalmente copiado y con su misma ortografía:
“D. Bonoso Marcelino de Corpas, Alférez de Caballería
retirado, Escribano Público de SM (Q.D.G.) de esta villa, de
Doña Mencía, Doy fe: Que en un Protocolo de Escrituras
Públicas que pasaron ante Juan Galiano Moreno, Escribano que
fue de este número, correspondientes al año pasado de
mil setecientos diez y seis se encuentra una de testamento nuncupativo
otorgado por Don Pedro Valera Roldán, Presbítero, que
fue de esta vecindad, en el día treinta de Junio de expresado
año por el que aparece hecha la protestación de nuestra
Santa Fe, nombrados herederos y la revocación de todas las
disposiciones testamentarias que tuviere hechas con anterioridad y
entre las cláusulas y declaraciones que dicho Instrumento,
lo es una, la que copiada literalmente dice así - Dote a parientas-
Y en atención a que dicho vínculo que así funde
juntamente con el Licenciado D. Juan Valera Roldán, Presbítero
y D. Antonio Valera Roldán, Familiar del Santo Oficio, mis
hermanos vecinos de esta villa, por escritura ante el presente Escribano,
y posesiones que para mayor del le he agregado en este mi Testamento,
es muy suficiente para cargarle las pensiones que se refieren en dicha
Escritura de Fundación, y en este, mi Testamento y la Obra
Pía que se expresare en esta cláusula, es mi voluntad
que por los poseedores de dicho vínculo se dé perpetuamente
en cada un año un dote de cincuenta ducados a una pobre huérfana
de padre y madre, y aunque los tenga como lo sea de solemnidad para
ayuda a ponerse en estado de matrimonio, atendiendo a que sea parienta
mía la que lo fuere más cercana y por voto de la persona
que obtuviere dicho Mayorazgo y para su nombramiento se ha de acompañar
con el Corregidor Alcalde ordinario y del Vicario Prior del Convento
de Religiosos de Sor. Santo Domingo de esta dicha villa, que en las
ocasiones de tales nombramientos fueren de ella, sobre que a todos
les encargo las conciencias para que cumplan con esta mi voluntad
e intención de que atiendan según que yo a que sea la
que justificare tener más inmediato parentesco conmigo y pobre
de solemnidad; y sí cumplido el año no hubiera parienta
mía en quien concurran dichas circunstancias y que tome dicho
estado de matrimonio, es mi voluntad se le dé dicho lote de
cincuenta ducados a otra mejor que no sea tal mi parienta que tomase
dicho estado, ateniendo siempre a la mayor necesidad, y para que esta
limosna y Obra Pía que dejo tenga permanencia para siempre
jamás, concedo facultad a dichos Señores Corregidor
o Alcalde ordinario, Vicario y Prior que fueren de esta villa para
que apremien por todo rigor de derecho a los poseedores de dicho Vínculo
y a cada uno en su tiempo a que paguen de las rentas de dicho dote
anual en la forma que va prevenido, haciendo autos y procediendo para
ello jurídicamente ante la Justicia Real de esta villa, los
cuales pasen y se hagan ante el Escribano en cuyo oficio pasare y
estuviera protocolado mi testamento, y las costas que se ocasionaren
en los casos de que los poseedores de dicho Mayorazgo no diesen cumplimiento
a dicha Obra Pía han de ser de su obligación pagarlas,
y para su satisfacción han de tener la misma facultad de apremio
para contra dichos poseedores los dichos Sres. Jueces para que también
les encargo las conciencias a todos los referidos, y es mi voluntad
que luego que yo fallezca el primer dote de dichos cincuenta ducados
que se diere sea a una hija de Francisco Luque Roldán, difunto,
vecino que fue de esta villa, que esta casada con Juan Moreno, hijo
de Pedro Moreno, todos vecinos de ella, y el segundo dote se dé
a María Rodríguez, vecina de esta hija de Lorenzo Moyano,
y después de estas dos, entregando dicho dote en el tercero
y cuarto año de mi fallecimiento, Isabel y Jerónima
de Córdoba, hijas de los dichos Julián Jiménez
difunto y María de Córdoba, viuda, aunque no tomen dicho
estado de matrimonio en el año que a cada uno les va señalado,
y después de pasados dichos cuatro años de mi fallecimiento
y pagados dichos cuatro dotes, es mi voluntad que en adelante perpetuamente
para el pago de los demás dotes se guarde en orden que dejo
dispuesto en esta cláusula”. La cláusula inserta
esta fielmente copiada del testamento original, del que llevo hecha
la referencia a el cual me remito. Y para que conste a solicitud del
Ilte. Ayuntamiento de esta villa, pongo el presente que signo y firmo
en dos hojas útiles en la villa de Doña Mencía
a diez de marzo de mil ochocientos treinta y cuatro. Signado. Bonoso
Marcelino de Corpas. Hay una rúbrica.
Notas.- La familia Valera de Cabra, vino pagando religiosamente este
dote, como poseedora de los bienes sobre los cuales está consignado;
pero por los años mil ochocientos ochenta y tantos, su último
poseedor D. José Valera vendió dichos bienes a D. Juan
Ortiz Priego, natural de Doña Mencía y vecino de Cabra
descontándose del importe de la venta el capital correspondiente
a dicho dote. Hasta 1887 vino pagándose religiosamente, pero
desde ese año dejaron de abonarlo, pues el Sr. Ortiz exigía
se descontase el importe de la contribución correspondiente,
lo cual unido a los derechos parroquiales por sacar el árbol
genealógico dejaba muy mermado lo que había de tomar
la agraciada. Por fin en el 1899 parece que se distribuyeron los diez
o doce dotes atrasados y suponemos que piadosamente pensando, que
se guardarían todas las cláusulas que dejará
dispuestas el filántropo fundador.
APÉNDICE 2 º
Por los años 1881 u 1882, el Ayuntamiento de la ciudad de Córdoba
deseando formar una Biblioteca en la que se conservaran obras de los
escritores que hubiesen sido hijos de la Provincia, pidió,
en atento oficio, al Señor Alcalde de Doña Mencía
que , si podían encontrarse, le facilitase un ejemplar de cada
una de las obras y autores siguientes, hijos de este pueblo.
He aquí la nota que acompañaba:
D. Vicente Alcalá Galiano, Profesor del Colegio de Artillería
de Segovia, Comisario de Guerra, Director General de Rentas y Tesorero
General. Nació en Doña Mencía en el año
1758 y murió en Cádiz en 1810.
Compuso un “Discurso sobre la industria en general y medios
de promoverla en la Provincia de Segovia“.
“Método para la enseñanza de las primeras letras
y Gramática Latina“.
“Memoria sobre los perjuicios del antiguo sistema de rentas
provinciales“.
Otra “Sobre que capitales deben recaer los tributos“.
Tradujo del francés notas “La Meteorología aplicada
a la Agricultura“ del abate José Poaldo : un tomo en
4 º. Madrid, 1786.
Fray Pedro de Arrebola, Religioso Dominico. Escribió la “Historia
de Doña Mencía”, y un “ Curso de Filosofía
Moral “ .
Fray José Cantero, Religioso lego del Orden de Santo Domingo.
Escribió un “Compendió del Convento de Nuestra
Señora de Consolación del Orden de Predicadores de la
Villa de Doña Mencía“, un tomo en 4 º, Córdoba
1801.
No se remitió ningún ejemplar, pues aunque el Sr. Alcalde
D. Juan Manuel Navas Morales, hizo bastantes gestiones, solo se supo
que existían algunos ejemplares de la última obra citada,
y sus poseedores se negaron a entregarla.
APÉNDICE 3 º El Obispo de Monópoli impartibus infidelium, en su Historia
del Orden de Predicadores, parte 5 ª, Libro 2 º, Capítulo
49, impresa en Valladolid, hace mención de las cuatro imágenes
mas notables que existían en su Iglesia, y son las siguientes:
1ª La imagen de Nuestra Señora de la Consolación,
titular del Convento y de su Iglesia. Refiere un prodigioso suceso
ocurrido con motivo de la sequía en el año 1615. Otro
caso igual refiere en su obra Fray José Cantero, acaecido en
1615. 2ª La de San Pedro de Verona, Mártir, Patrón
del Pueblo. Fue traída de Roma por el R. P. Maestro Fray Bartolomé
Caballero, Provincial de Andalucía. Esta imagen es de finísima
plata y de muy primorosa escultura; tiene un palmo de altura y en
su pecho embutida la reliquia de un diente del Santo; en su mano derecha
lleva una palma con tres coronas y en la izquierda un libro donde
se hallan gravadas las palabras: Credo in inum Deum Creator en visibilium
et invisibilium. En el costado derecho se ve el mango de un puñal
y en la cabeza una hacha que divide el cráneo. Hasta el año
1793 tuvo la imagen un trono de madera dorado, pero en ese año
se costeó el magnífico que hoy tiene, trasladando a
el las reliquias que contiene. Son éstas de San Pedro Apóstol,
Santa María Magdalena, Santo Tomás de Aquino, San Vicente
Ferrer, Santa Columba, San Ponciano, San Acacio, San Zenón
y otros varios Santos. El dicho trono es de plata, así como
también las andas en que se pone para la procesión:
de los cuatro extremos de las andas salen otras tantas columnas del
mismo metal que sostienen un dosel o palio que cobija la imagen.
3ª y 4ª Las efigies del Santo Cristo de la Caridad, vulgo
de las Animas, y Nuestro Padre Jesús Nazareno. Refiere Fray
José Cantero, en su obra citada, que, en el año de 1680,
fue acometido el pueblo de una horrible peste que ocasionaba numerosas
víctimas. En tan angustiosa situación acordaron sus
moradores sacar en procesión la primera de dichas efigies,
que es un crucifijo de bastante mérito y tamaño natural,
y la llevaron al hospital, donde fue tanta la mortandad que no quedó
enfermo vivo. Desalentados con este suceso, acordaron los vecinos
y Autoridades, sacar en procesión una imagen de Jesús
Nazareno, que estaba en el Convento sin darle culto y sólo
se sacaba para la procesión del Viernes Santo, y desde aquel
día cesó el contagio. En memoria de este prodigioso
suceso y como testimonio de su gratitud, los dos Cabildos, por solemne
voto, acordaron celebrar perpetuamente una función religiosa
y procesión a la venerada imagen en el día 14 de septiembre
en que acaeció el milagroso hecho. Desde entonces ha venido
celebrándose la fiesta sin interrupción y con gran solemnidad,
costumbre que después estableció el pueblo de Zuheros
y en estos últimos años se ha verificado también
en la villa de Baena. Desde aquella época el pueblo de Doña
Mencía, recurre a la protección de su Santa Imagen en
cuantas epidemias ha sufrido.
Y por tradición se llama túnica del milagro a la que
el pueblo costeó a su venerada imagen en señal de gratitud,
y solo se le pone e las procesiones de penitencia o rogativa por causa
de epidemia. Esta túnica es de tela de seda morada, con ramos
entretejidos de plata y oro y seda de colores, y es tal su mérito
material que a pesar de contar mas de 200 años de antigüedad,
hace poco tiempo la tasó un anticuario en tres mil quinientas
pesetas.
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San Francisco de Asis en el altar mayor de la parroquia de Doña Mencía
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| APÉNDICE 4º
En la página 246 se hace mención del inventario que
el Iltmo. señor Albunquerque, Obispo de Córdoba, mandó
formar en que se detallaran minuciosamente todos los objetos existentes
en la Iglesia de Doña Mencía, en el año 1859.
A la sazón era Arcipreste Vicario Don Juan Raimundo Cubero
Almoguera, y Curas propios D. Rafael Ruiz de Pedrajas, Carmelita exclaustrado,
Rector, y los Presbíteros D. Francisco Heredía Doblas
y Don Manuel Enríquez y Rivas, Obrero y hoy Canónigo
de la Santa Iglesia Catedral de Córdoba. Este último
Señor formó un inventario tan minucioso que incluyó
en el hasta el jarro del aceite de las lámparas. Con la mayor
escrupulosidad fue contando minuciosamente las perlas del collar y
brazaletes de la Virgen del Rosario, las piedras preciosas de las
joyas de la Custodia, el peso de las lamparas y los eslabones de sus
cadenas y las faltas que se notaban en la cruz parroquial y su asta,
en los ciriales y otras alhajas.
No permitiendo los estrechos límites de este libro la inserción
de todo el inventario, sólo haremos un extracto de el, consignando
lo de más interés y dejando para el final la enumeración
de los mejores ornamentos y alhajas.
El dicho INVENTARIO se hizo en el orden siguiente:
CAPILLA MAYOR
En el retablo del altar mayor se halla, en el primer cuerpo, el Sagrario
para el reservado, al cual se entra por detrás del altar. Forma
una capillita minúscula con su retablo, en la que está
el Sagrario con mesa de mármol y tres pequeñas estatuas
que representan a San Pedro y San Pablo y Santo Tomas de Aquino. En
el interior de este Sagrario, cuyas cortinas son bordadas en oro se
encierra un copón del cual se tratará mas adelante[28].
A los lados del Sagrario hay cuatro estatuas de Obispos con los atributos
de las virtudes cardinales. En el cuerpo siguiente llamado pileto
de altar se hallan distribuidas cuatro estatuas de tamaño natural
que representan a los Arcángeles San Gabriel, San Miguel, San
Rafael y el Angel de la Guarda. Mas arriba está el Manifestador
con puertas semicirculares y cuatro niños con incensarios.
A los lados se ven dos estatuas colosales de los Patriarcas San Francisco
de Asís y Santo Domingo de Guzmán. En la Coronación
del Manifestador hay un crucifijo con dos ángeles a los lados.
En el último cuerpo del retablo están a los costados
las estatuas de San Pedro y San Pablo y en el centro se abre un Camarín
donde está colocada la imagen de Nuestra Señora de la
Consolación, titular del templo, sobre un trono dorado.
Esta imagen tiene las ropas y alhajas siguientes: Un manto de damasco
azul, con cenefa y estrellas bordadas y una corona sencilla, de plata,
para diario. Otro manto azul con ramos y encaje de plata. Una corona
y otra más pequeña para el Niño, pero del mismo
dibujo, ambas de plata sobredorada. Una media luna de plata con un
ángel. Una joya y cruz de oro para el cuello con pedrería.
Un rosario de plata sobredorada con las cuentas y cruz afiligranadas[29].
Altar mayor.- El altar separado del retablo tiene para su servicio:
Un frontal de talla dorada con espejos y los frontales que se detallaran
con sus respectivos ternos. Un sofá de talla dorada y terciopelo
grana. Y el servicio de plata que se detallará al final. Seis
grandes cortinas de damasco rojo, y dos ángeles colosales a
la entrada del Presbiterio, San Gabriel y San Rafael.
En el púlpito un retablito dorado, con Crucifijo. Repartidas
por el crucero hay veintiséis grandes cortinas[30]
de damasco rojo (sin contar las del altar mayor ni las de las ventanas
del coro) empezando el número 1 junto al órgano y concluyendo
enfrente con el 26. Trece grandes cuadros sobre las cortinas mayores,
representando al Divino Maestro[31] y al Apostolado. Una araña
de cristal junto al arco del púlpito. Cuatro mas pequeñas
en los arcos inmediatos y otra igual delante del coro.
Coro.- La sillería de nogal y facistol con una pequeña
estatua de la Purísima Concepción, dentro de la urna
del mismo. Un buen cuadro de la titular en el testero del centro.
Dos hojas de cordina de damasco rojo en cada ventana. Y en la tribuna,
un cuadro de Nuestra Señora del Rosario. Sobre la baranda del
Coro un Crucifijo de talla[32].
Altares laterales.- En el manchón del púlpito, hay un
retablo con tres lados, que contienen: en el del centro un lienzo
de San Cristóbal, gigantesco; al lado derecho otro que representa
a Santa Isabel, y al opuesto otro que figura Santa Catalina Mártir.
En la parte más elevada hay un medallón con una cabeza,
que se cree representa también a San Cristóbal.
En el manchón del lado opuesto, hay otro retablo igual, conteniendo:
el centro a San Ildefonso recibiendo la casulla de manos de la Virgen;
el del lado del crucero a Santa Ursula; el del opuesto a Santa Gertrudis,
y el medallón a San Ildefonso en traje pontifical[33].
Nave del Evangelio
Altar de Nuestro Padre Jesús Nazareno.- En el centro de este
retablo está situado el camarín de dicha imagen. Por
bajo de este hay tres imágenes de talla que representan a San
Antonio de Padua, San Miguel y San Rafael, y en la parte superior
un medallón con la aparición de Santiago en Clavijo,
tallada. La venerada imagen de Jesús tiene las ropas y alhajas
siguientes: Túnica de terciopelo grana, cordones y cruz de
madera dorada para el camarín. Otra túnica, morada,
con cenefa y bocamangas bordadas, con remates de plata. Otra túnica
de seda morada, con ramos tejidos de oro y plata, conocida por la
del Milagro, corona de espinas y potencias de plata. Un estandarte
de terciopelo morado. Dos arañitas de plata[34].
Altar de Santo Domingo.- En la parte baja de este retablo se ve un
precioso busto de San Pedro Mártir, tallado en madera, de mucho
mérito. En la parte central hay dos nichos que contienen: el
de la derecha, una efigie de talla de San Blas; el de la izquierda
otra de San Pedro Apóstol y el del centro la imagen titular
del altar tamaño natural, la cual posee las ropas y alhajas
siguientes: Un hábito de damasco blanco bordado en oro; capa
y capucha de terciopelo negro bordado en lo mismo y correas con estrellas
de plata. Una diadema de plata sobredorada[35]. Una cruz patriarcal y
banderola de plata. Un libro con tapas de plata. Un rosario engarzado
en plata dorada con medallones. En la parte superior del retablo hay
una estatua de Nuestra Señora de las Angustias. En el macho
contiguo a este altar existe un cuadro que representa el martirio
de San Antonio Mártir de Túñez, del Orden de
Predicadores.
Altar de Nuestra Señora de los Dolores.- En el centro de este
retablo está la imagen de la Virgen que tiene las ropas y alhajas
que sigue: Un manto de terciopelo negro, con franja y puntilla de
plata para el Camarín. Otro de terciopelo cortado labrado con
estrellas de plata. Una media luna y un resplandor, del mismo metal.
Un corazón con siete espadas sobredorado. Un rosario de oro
con cuentas de azabache[36].
En el nicho de la derecha, está la imagen del Señor
de la Humildad, de talla, con corona y potencias de plata[37].
En el de la izquierda la de la Magdalena[38]
con vestido de terciopelo
negro. Y en el cuerpo de arriba una estatua de San Antonio Abad.
En el arco inmediato hay un cuadro de San Cosme y San Damián;
más abajo otro mayor con San Cayetano, y a los lados de la
capilla del Sagrario otros dos, con Santa Lucía y Santa Inés
de Monte Ponciano.
Capilla y altar del Sagrario.- En la parte baja de este retablo está
el Sagrario con cortinas de tisú de oro. Sobre el Sagrario
está el nicho que contiene la estatua del Dulce Nombre de Jesús,
con resplandor y bandera de plata.
En el nicho de la derecha está la imagen de Santo Tomás
de Aquino; tiene las ropas y efectos siguientes: Hábito blanco
de lama de plata, capa y capucha de terciopelo negro con franja de
oro, bonete y muceta de Doctor con cenefa bordada y tres soles de
plata sobredorada, de diversos tamaños que figuran sujetar
la muceta y un rosario engarzado en plata.
En el nicho de la izquierda se halla la imagen de San Jacinto; el
hábito, capa y capucha, son lo mismo que los del anterior,
y un rosario de plata, en la mano derecha lleva una estatua de la
Virgen[39]. En la parte superior de este retablo está en el centro,
la estatua del Angel de la Guarda; a su derecha otra de San Telmo,
y a la izquierda San Luis Beltrán.
En el hueco de una ventana que daba al lado del claustro y después
se tapió, está la imagen de San Pío V[40]: tiene
capa y estola de color granada con ramos de plata, llaves de madera
puestas en una azucena de plata y rosario con engarces de lo mismo.
Al lado del Santo está la Vera Cruz: tiene una estrella grande,
corona real y remates de plata.
Capilla de Santa Teresa.- Sobre un altar de mampuesto hay un retablo
dorado y en él se ven dos nichos con las estatuas de tamaño
natural de Santa Teresa y San Juan Bautista; enfrente hay un cuadro
con la Virgen de las Angustias[41].
Capilla del Bautisterio.-
CAPILLA DEL BAUTISTERIO.- En el centro la pila bautismal.
Alrededor hay lo siguiente: Dosel con su crucifijo; dos lienzos grandes,
sin marco, que representan San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier[42];
otros dos cuadros con bustos de talla, del Ecce Homo y la Dolorosa.
Esta Capilla esta separada de la anterior por puertas de hierro.
NAVE DE LA EPÍSTOLA
Altar de Nuestra Señora del Rosario.- Sobre la parte de este
retablo que apoya sobre el altar hay un nicho con un estatua de Santa
Bárbara, en la parte superior otras dos de San Joaquín
y Santa Ana.
En el centro, en un magnífico camarín y sobre un hermoso
trono, tallado y dorado, está la imagen de Nuestra Señora
del Rosario, de talla pero en disposición de vestirla. Tiene
las ropas y alhajas siguientes: unas andas forradas de plata, con
cuatro columnas de lo mismo que sostienen un dosel. Un manto rameado
de oro y colores para diario[43].
Un centro de plata, dorado, sencillo y rosario de plata con cuentas
azules, también para diario. Otro manto con ramos de oro. Otro
verde, idem con delantal. Otro blanco de medio tisú, con vestido.
Otro cetro dorado, con remate de cristal y otro para el Niño.
Una joya de oro que termina en cruz, con pedrería. Un rosario
de oro[44]. Un
estandarte de tela de plata, bordado en oro a gran realce con vara,
cruz y remates de plata y funda de madera. Otro idem rameado en seda.
Otro de terciopelo grana. Otro encarnado rameado oro en colores[45].
A causa del excesivo peso de esta imagen, se adquirió otra
para vestir, que sirve para las procesiones claustrales, de los primeros
domingos de mes, y para las demás festividades de Nuestra Señora.
Esta imagen tiene dos niños: Uno el natural de la imagen, más
pequeño que el de la del Rosario, y otro que solo sirve para
el día de la Purificación y Noche Buena. Esta segunda
imagen tiene las ropas y alhajas siguientes: corona de plata sobredorada
y otra igual, pero mas pequeña, para su Niño. Peto y
rosario del mismo metal. Dieciséis anillos de oro con pedrería.
Una joya para el cuello terminando en cruz con pedrería. Collar
y brazaletes compuestos de varios hijos de perlas, sumando tres mil.
Un manto de lama de plata con cenefa de tisú de oro, y vestido
de lo mismo. Otro manto de seda blanco, rameado, con vestido de raso
bordado a mano. Otro azul con listas jaspeadas. Otro, color fuego,
con su vestido. Otro morado con ramos blancos. Otro de raso azul[46].
El Niño tiene los vestidos correspondientes a los anteriores;
y el más pequeño unos pañales o envoltura de
tela de oro bordada a realce.
También se guarda en este camarín, una hermosa imagen
de San José, tamaño natural, con su niño en la
mano. De esta imagen son propias las siguientes prendas: túnica
de seda bordada con ramos de oro. Cíngulo de tela de plata.
Rosario de plata sobredorada con cuentas de nácar. Una vara
que termina con un ramo de azucenas, todo de plata. Un trono dorado
con ocho angelitos.
El Niño tiene: Túnica y cíngulo iguales a los
del Santo. Potencias de plata sobredoradas, y una cadena de oro, que
termina en una joya figurando un alcaparrón.
Se conserva también en este camarín un urna del nacimiento,
de latón y cristales, con hilos y borlitas de oro, figurando
telarañas y tiene dentro: pesebre o cuna para el Niño,
San José y la Virgen; buey y mula; el Arcángel San Gabriel
y varios angelitos tocando instrumentos.
Altar de San Pedro Mártir.- En el centro de este retablo está
situado el nicho del Santo Patrón (ya descrito en el Apéndice
3º). Tiene trono y andas de plata; un estandarte de damasco encarnado
bordado en oro, con vara y cruz de plata, y un pequeño relicario,
de forma de custodia también de plata.
En el nicho de la derecha hay una estatua de San José con su
Niño[47].
En el de la izquierda una imagen de la Beata Juana de Aza[48], que tiene
manto y vestido de seda, y una diadema de plata, que también
sirva para San Vicente Ferrer. En la parte superior del retablo hay
dos estatuas que representan la de la derecha a San Jacinto y la otra
a San Raimundo de Peñafort.
Altar del Santo Cristo de la Caridad vulgo de las ánimas.-
En el centro de este retablo, en un gran nicho que forma un dosel
con cortinaje figurado de madera, se venera este Santo Crucifijo,
de tamaño natural, con corona de espinas de plata, y al pie
de la Cruz un buen cuadro de la Dolorosa. Sobre este dosel hay otro
nicho, con una pequeña estatua del Resucitado.
Altar de San Vicente Ferrer.- En la parte baja de este retablo hay
un nicho con una estatua del Beato Posadas, la cual tiene diadema
de plata. En el centro hay tres nichos: En el de en medio está
la imagen de San Vicente, con hábito blanco de lama de plata,
capa y capucha de terciopelo negro con ramos bordados en oro, un Crucifijo,
campanilla y rosario, de plata las tres prendas.
En el nicho de la derecha está la imagen de Santa Catalina
de Sena; su hábito blanco igual al anterior, capa de terciopelo
con cenefa de oro, velo negro de seda y bonete de abadesa, de terciopelo
bordado en oro. Tiene un crucifijo de talla[49] y un rosario engarzado
en plata. En el lado opuesto, la imagen de Santa Rosa de Lima; su
hábito, capa, velo y rosario, son como los de la anterior y
lleva un precioso Niño. En la parte superior del retablo hay
un buen lienzo de la Purísima Concepción.
Altar del Ecce Homo.- En el centro de este retablo, último
de la nave, hay un buen lienzo con el Ecce Homo, con potencias de
plata. Debajo hay un nicho con una estatua pequeñita de piedra
de San Antonio de Padua, y en la parte superior, un lienzo pequeño
de la Santísima Trinidad.
IMÁGENES QUE NO TIENEN NICHO
En el camarín de Jesús están la siguientes: Una
de San Juan Evangelista, con túnica de seda verde, con galón
de oro y capa encarnada[50]. Una de San Antonio de Florencia, con mitra
de seda. Otra de San Luis Beltrán, sin ropas.
SACRISTIA
Existen en ella los cuadros siguientes: Un Crucifijo de talla, mediano,
con corona de espinas, dos potencias y calavera de plata. A los lados
dos lienzos grandes, sin marco, representando a San Rafael y a San
Juan Evangelista. Otros dos, mas medianos, con la Purísima
Concepción y San Miguel. Cuatro más pequeños
con sus marcos, que representan a los Santos fundadores Domingo de
Guzmán, Francisco de Asís, Agustín y Bernardo.
Un cuadro pequeño pintado en talla con la Dolorosa. Otro grande
deteriorado, que representa a la Virgen con su Hijo muerto en los
brazos. (Se cree que este cuadro es original de Zurbarán).
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Imagen de Santo Domingo de Guzmán en el altar mayor de la parroquia
de Doña Mencía |
| ORNAMENTOS
Solo se mencionan los de más valor, pues los de diario han
sufrido bastantes transformaciones.
Un terno de damasco blanco, bordado en oro a gran realce. Otro blanco
rameado de oro. Otro que se le denomina del Corpus, con ramos de oro
y seda, con cuatro quasullas para sacar la Custodia. Otro encarnado,
rameado de plata. Otro de terciopelo negro, con paño para el
túmulo. Otro de terciopelo morado, con frontal. Todos estos
tienen cuatro collarines para los acólitos. Otro terno de damasco
verde, con frontal y sin capa. Una casulla encarnada, con tisú
de oro. Dos, color rosa, con ramos de plata. Otras dos, encarnadas,
ramos de seda y oro. Una blanca, con ramos de seda y oro. Dos verdes,
rameadas. Dos negras de terciopelo. Una muceta de lama de plata para
la procesión de los impedidos.
GUARDAPLATA
Además de los estandartes, diademas, rosarios, etc, que se
han mencionado al tratar de las respectivas imágenes, existen
en este depósito las alhajas siguientes:
Servicio del Santísimo Sacramento.- Una gran Custodia, labrada,
de plata sobredorada con viril de oro; la parte delantera de este
viril, la forma un emparrado de esmeraldas, con doce racimos de uvas
formados por pequeñísimas perlas, y doc |